Enrique Llovet Sánchez (Málaga, 15/08/1917 - Madrid, 05/08/2010) fue un escritor, cronista, guionista de cine, crítico teatral y dramaturgo, también diplomático español. Utilizó el seudónimo de Marco Polo en sus crónicas periodísticas y obtuvo diversos premios por su polifacética obra literaria: el Mariano de Cavia (1958), el premio nacional de la Crítica teatral (1964), el premio nacional de Radio y Televisión (1965) y el premio nacional de Literatura «Azorín» (1967). Existe un Premio de teatro Enrique Llovet que concede la Diputación de Málaga. Sus primeros estudios fueron en el Instituto malagueño Vicente Espinel, donde también fueron alumnos Picasso, Severo Ochoa, Ortega y Gasset, Blas Infante y Victoria Kent. Estudió Derecho, Filosofía y Letras, Políticas y Económicas, tanto en España (Granada, Sevilla y Madrid) como en la Sorbona de París o en el Trinity College de Dublín. Desde joven destacó por sus colaboraciones literarias. Fue autor de letras de himnos falangistas, escribió en «diversas publicaciones del bando alzado, como Vértice o Legiones y Falanges», no obstante, a partir de la década de 1950, se fue distanciando progresivamente del régimen e ingresó en el Cuerpo diplomático. Compositor de canciones, adaptó también obras de teatro clásicas, además de escribir y dirigir las suyas propias.
El número 719 de la colección teatral Alfil nos trae una Comedia Histórica, estrenada en el Teatro Poliorama de Barcelona el 4 de febrero de 1972, dirigida por Adolfo Marsillach. Consta de un prólogo y biografía al dorso.
Según el autor, se trata del juicio a Sócrates promovido por sus enemigos y que acabó en condena a muerte, no porque Sócrates hubiera cometido un delito, sino porque sus ideas les resultaba peligrosa a esas gentes que aspiraban a que esta forma de conciencia social les juzgara. La trama es el juicio, donde intervienen sus discípulos, mientras es atacado por otro grupo de atenienses. Da pie a explicar las ideas socráticas sobre la coherencia y honradez del ser humano, la verdadera forma de Democracia que no se ciñe a una sucesión programada de representantes, el diálogo y el convencimiento mediante la palabra y los hechos. Su propia pobreza dan fe de su honradez, pues sólo enseñaba a los que querían escucharle y de forma gratuita. La muerte arrastrará no solo la gran pérdida, sino la muerte posterior incluso de alguno de sus denunciantes al comprobar que sin Sócrates, el mundo está un poco más vacío.
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